El valor de las cosas

Cuenta la leyenda que había una vez un aprendiz muy joven que estaba triste y compungido porque pensaba que no valía como alumno. De hecho, era a menudo ninguneado por los demás alumnos y por amigos y familiares. Se sentía desdichado y no encontraba una salida a su problema así que pensó en consultar con su maestro esa terrible aflicción que no se le quitaba de la cabeza. Su maestro era un hombre sabio que enseñaba los entresijos de la vida a todo aquel que se acercaba a escucharle. Partió en busca del maestro que se había retirado a una cueva en una montaña lejana. Después de un largo viaje de un día a pie iba meditando y preguntándose por qué no encontraba valor en los actos que hacía, porque la gente o no lo tenía en cuenta o no sabían apreciar su esfuerzo por ser amable con todos.

Cuando llego a la cueva en la montaña vio que su maestro estaba sentado en meditación. Así que se acercó con cuidado para no molestarle en su práctica, su maestro quieto y en una postura muy serena y relajada le dijo:

- Muy importante tiene que ser para que hayas venido hasta aquí a hablar conmigo.

- Perdona maestro si he interrumpido tú práctica, pero llevo semanas triste y compungido. Me gustaría que me dieras una solución a este problema que me atañe y me oprime el corazón.

- Claro, pero antes me gustaría que me hicieras un favor, ya que antes de contestarte y darte una respuesta debo solucionar un problema que tengo yo.

El muchacho sin querer contrariar a su maestro pensó que podía ayudarle y así se sentiría muy dichoso de poder solucionar el problema a su maestro. Así que aparcó por un instante su problema y le preguntó a su maestro:

- ¿Qué puedo hacer para ayudarte maestro?

- Verás, lleva este anillo que pertenece a mí familia y que es muy antiguo. Ve al pueblo e intenta venderlo para pagar una vieja deuda que contraje hace ya tiempo atrás pero nunca aceptes menos de una moneda de oro - dijo el maestro sacándose un anillo de su dedo meñique. Parecía un anillo viejo labrado, de color dorado y del cual se desconocía su valor. Así que el joven lo cogió y partió al pueblo a buscar esa manera de venderlo. Pasó todo el día andando hasta que llegó al mercado del pueblo. Allí buscó al azar al primer vendedor de abalorios y joyas que encontró y le ofreció el anillo diciendo:




- ¡Hola, señor! Quisiera vender este viejo anillo que es de una persona muy especial para mí. ¿Cuánto me daría por él? – añadió.

El vendedor de abalorios observo detenidamente la joya y mirando al muchacho le dijo:

- No puedo darte más de 2 monedas de plata. No creo que cueste mucho más de lo que te ofrezco.

El muchacho contrariado le dijo que era imposible aceptar menos de una moneda de oro, a lo que el vendedor entre risa le contesto que eso era imposible que no podía ofrecerle más de lo que le había ofrecido. El muchacho pasó toda esa mañana de vendedor en vendedor ofreciendo esa joya y aunque trabajó mucho para buscar esa moneda de oro nunca pudo reunir más de 6 monedas de plata. Obedeciendo al pie de la letra lo que su maestro le había dicho no vendió el anillo y volvió otra vez a la montaña a informar a su maestro de lo que había sucedido.

- Maestro, he intentado por todos los medios vender tu anillo, pero nunca me daban más de 6 monedas de plata. Así que siguiendo tus instrucciones he venido sin vender tu anillo. Siento no haber conseguido lo que me pediste maestro.

- No te preocupes. Tal vez no lo hemos llevado al sitio adecuado. Puedes coger el anillo y llevarlo al anticuario que hay en el pueblo. Es un hombre muy listo que aprecia muy bien las joyas antiguas, pero solamente pregúntale el precio Te ofrezca lo que te ofrezca no cojas el dinero sin antes consultarme.

El aprendiz volvió al pueblo y preguntó a unos y a otros donde se encontraba el anticuario. Casi al mediodía entró en una tienda muy bien vista y adornada. Se notaba que ahí cuidaban el detalle. Al fondo había un señor también de edad avanzada con unas lentes que le preguntó al joven:

- ¿Qué puedo hacer por ti muchacho?

- ¡Hola, señor! Tengo este anillo que quisiera que me valorase. Le tengo mucho aprecio ya que es un anillo de mi maestro que quiere vender.

El joyero tomó el anillo en su mano y después de observarlo detenidamente, con sus lentes de alta graduación, se quedó mirando al muchacho y le dijo:

- Bueno muchacho, viendo esta joya tan antigua le puedes decir a tu maestro que ahora mismo solamente le podría ofrecer 10 monedas de oro pero que con tiempo y algo de paciencia podría conseguirle hasta 17 monedas de oro.

El muchacho, totalmente emocionado, no se creía las palabras del anticuario. Así que cogiendo el anillo corrió y corrió hacia la montaña para darle la noticia a su viejo maestro.

- Maestro, maestro, tengo buenas noticias. He llevado su anillo al joyero y me ha dicho que puede darme 10 monedas de oro pero que con paciencia podría conseguir hasta 17.

- Muy bien - le dijo el maestro-. Así como ha pasado con el anillo que no hemos sabido llevarlo a la persona adecuada, pasa con nosotros joven aprendiz, creemos que los demás no aprecian nuestros actos o no le dan valor a lo que hacemos, pero la respuesta está en qué no enseñamos nuestro potencial a las personas adecuadas. Acércate aquellas personas que te valoren; rodéate de aquellos seres que te quiera y sepan verdaderamente tu potencial como el anticuario hizo con el anillo.

Diciendo esto el anciano tomó el anillo en su mano y se lo volvió a colocar en su dedo meñique. El joven pensativo entendió la enseñanza que le había presentado su maestro y no volvió a dudar nunca más de su capacidad. Simplemente, eligió a quien enseñarle todo lo que tenía dentro de su corazón.


Extraído de cuentos populares

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